
Kafka no sólo fue un escritor, es literatura. Su obra, tan inacabada e imperfecta como sublime y trascendente, es la cosmovisión más lograda de un agónico y frustrante siglo XX. No es por ello extraño que se le considere como el escritor de ese siglo. Un “nombramiento” sin coronas ni laureles, pues estamos ante algo que es de imposible valoración por su escritura, sus historias, sus temas, sus personajes... cómo dijo Sartre, Kafka es inabordable. El autor de este libro parte de la tumba de Kafka en la ciudad de Praga que es el lugar donde está enterrado el Dr. Franz Kafka, que va para 101 años, porque allí nacieron, los mundos kafkianos, la palabra de Kafka, la única inmortalidad posible. Su texto, uno más entre los miles que hay sobre el autor checo, no plante nada nuevo, no tiene grandes análisis, quizás ni frases brillantes, con conocimiento de causa o sin ella, se mete en los laberintos kafkianos y se pierde, de eso sí tiene conciencia, porque el laberinto que nos dejo este burócrata tuberculoso, conduce a un laberinto y este a otro y luego uno más... Así sucesivamente, nos dibuja puertas y ventanas, para que sigamos caminando, al borde del abismo. Es lo que hace Curto, perderse, dubitativo y confuso con la lucidez al fondo del túnel, que a fin de cuentas, es algo muy kafkiano. Y sí sabe una cosa: Kafka es droga dura y una de las pocas que merecen la pena.